sábado, 29 de marzo de 2008

No habrá Galicia para la próxima generación

No habrá Galicia para la próxima generación.

En 2005 cumple la treintena la generación del “baby boom”, la de los nacidos en 1975, que con la de los tres años siguientes fueron las únicas que rondaron los 44.000 ciudadanos nacidos en Galicia en toda su historia. Deberíamos estar entrando así en el período álgido del crecimiento demográfico gallego, el de la máxima procreación. Sin embargo, el panorama es radicalmente contrario: muchos adultos y pocos hijos. ¿Qué mundo estamos dejando a los pequeños que nacen hoy?

Fernando R. Ojea

No se puede decir que hoy en día la pirámide de población gallega tenga una forma saludable. La relación entre población activa en edad de trabajar y población pasiva o jubilada es lo suficientemente endeble como para no garantizar siquiera la continuidad de las actuales pensiones si en lugar de una caja única de la Seguridad Social en todo el Estado, hubiese una caja de la Seguridad Social exclusiva para Galicia. Los datos del Instituto Nacional de Estadística revelan que son 35.083 las personas que este año cumplen sesenta años (es decir, la generación de 1945) y 44.111 los que cumplen treinta (la generación de 1975). Esto trae consigo una relación de que por cada 10 “sesentañeros” en Galicia hay 12 “treintañeros”, siendo estos últimos los que representan simbólicamente el papel de quienes están en edad de procrear y dar lugar a la generación de 2005 (para entedernos, G-2005), nuestros niños de hoy.
Si no se producen sorpresas demográficas, las tendencias actuales apuntan que G-2005 estará formada por entre 20.000 y 21.000 niños en Galicia. Como se dice que una generación dura treinta años, imaginemos ahora el mundo en 2035, cuando G-2005 sea “treintañera” y G-1975 “sesentañera”. Y hagamos además la suposición teórica de que estas generaciones no tuvieran altas ni bajas (como dicen los economistas, “ceteris paribus”). Entonces, Galicia se habría quedado en que por cada 10 “sesentañeros” hay ahora 4 “treintañeros”. Este es el gravísimo desfase poblacional que la sociedad gallega, como la española y en mayor o menor grado la de toda Europa Occidental está incubando en este mismo momento. Y el caso gallego es de los más acentuados de Europa, con un índice de fecundidad de 0,96 frente a 1,22 de media española, 1,54 de Portugal y 1,89 de Francia.
Si en 2035 por cada 10 “sesentañeros” se ha pasado de 12 a 4 “treintañeros”, será pertinente imaginarse dos hipótesis extremas para esa fecha: 1. La sociedad gallega se ha quedado totalmente envejecida y debilitada. 2. La sociedad gallega mantiene el mismo índice de renovación intergeneracional que ahora porque junto a esos 4 “treintañeros” gallegos también forman parte de nuestra sociedad otros 8 “treintañeros” de origen inmigrante.
¿Cómo sería nuestro mundo?
· Escenario 1, basado sólo en la evolución demográfica endógena, que nos lleva a 4 “treintañeros” por cada 10 “sesentañeros”. Nos encontraríamos ante una grave desestructuración generacional que provoca la debilidad económica de nuestra sociedad. Para entonces el sistema público de pensiones, si no ha cambiado su modelo de financiación, es muy limitado, con prestaciones muy bajas, o incluso puede haber desaparecido. Y al languidecer la cobertura social del Estado, se acentúan las diferencias de renta entre clases sociales. Quienes han conseguido acumular un patrimonio quizá se permitan una existencia desahogada pero quienes no han ahorrado lo suficiente atraviesan dificultades económicas que el Estado del Bienestar malamente podrá atender.
Paralelamente la mano de obra tendría una edad media muy alta y sería poco adaptable a la innovación y el cambio tecnológico. En este escenario se trabaja hasta edades avanzadas, mientras el empleo joven está muy solicitado no sólo en Galicia sino fuera, pues el envejecimiento poblacional asola a buena parte de Europa, y muchos jóvenes cualificados emigran atraídos por las buenas retribuciones que se ofrecen en zonas con problemas demográficos parecidos pero con más alto nivel de desarrollo.
En esta sociedad envejecida hay muchas personas solas o dependientes y una gran demanda de servicios sociosanitarios que apenas se puede cubrir desde el sector público tanto por motivos presupuestarios como por escasez de profesionales. Tampoco se cubrirían fácilmente las necesidades de personal en el ámbito de la seguridad, como la policía o el ejército. El sistema educativo y el mercado de la vivienda se encuentran en franco retroceso al escasear los jóvenes.
· Escenario 2, donde el actual equilibrio entre generaciones se ha mantenido gracias a la llegada masiva de inmigrantes, de manera que seguimos teniendo 12 “treintañeros” por cada 10 “sesentañeros”. Sin embargo, como hemos visto, nuestro pulso demográfico sólo aporta 4 de los primeros, de manera que otros 8 hasta sumar esa docena proceden de la inmigración. Incluso puede que de esos 4 “autóctonos” una parte proceda de la inmigración asentada hoy en día, que ya se muestra más dinámica en natalidad. Estamos hablando de una Galicia de 2035 donde por cada “treintañero” de raíz gallega habría dos de raíz foránea, lo que deriva en innegables cambios sociales, incluso dando por supuesto que la incorporación de esos contingentes se hubiese producido sin conflictos de convivencia.
En este escenario el aspecto económico no sería el más problemático, si bien habrá dificultades para generar o captar en Galicia mano de obra cualificada joven, cuando otros territorios también con retroceso demográfico puedan resultar mucho más atractivos por niveles de renta, desarrollo y bienestar.
Pero las mayores complicaciones pueden encontrarse en áreas concretas más vinculadas al arraigo o a la cultura y los valores locales, como por una parte las fuerzas de seguridad y el ejército, donde a priori no parecería lógico que la mayor parte de los efectivos fuesen inmigrantes de primera generación. En el caso de la educación, habría que pensar no tanto en los inmigrantes como alumnos, que los habrá en cantidad, sino también como profesores, por la falta de profesionales autóctonos.
Y qué decir de la lengua gallega. A no ser que se produjera un giro copernicano y la mayoría de la población no sólo la aceptase sino que promoviera su uso en ámbitos ahora infrecuentes, como el de los inmigrantes, habría que suponer que de esos 12 “treintañeros” de 2035 sólo uno o dos hablarían gallego, pues otros dos de los autóctonos serían castellanohablantes (en correspondencia con el momento presente) y luego estarían los ocho inmigrantes que es de suponer también utilizarían preferentemente el castellano. Estamos hablando, en la práctica, de la cuasi desaparición del gallego como lengua de comunicación.
Yendo un poco más lejos, habría qué preguntarse por la capacidad del pueblo gallego para, en este escenario, mantener sus propias tradiciones y sus pautas de consumo en productos culturales (material escrito y audiovisual), toda vez que la identidad gallega será cada vez menos rentable al ser demandada por menos personas y estar más diluida entre la población.
Entre la radicalidad de los dos escenarios anteriores cabe un
· Escenario intermedio: en los treinta años hay tantos inmigrantes como autóctonos. Estamos, por tanto, ante una Galicia donde por cada 10 “sesentañeros” hay 8 “treintañeros” (los 4 que genera nuestro impulso demográfico y otros 4 en que estimamos la llegada de inmigrantes). La población sigue estando envejecida y la presencia de personas procedentes del exterior continúa siendo también muy elevada, una relación 1 a 1 en el tramo de los treinta años de edad. En este caso es probable que entre los jóvenes de aquí tendiesen a emigrar a otros territorios los profesionales más cualificados y se mantuviese la inmigración de trabajadores menos cualificados, con la pérdida de competitividad que conlleva. En cierto modo se puede presuponer que en este escenario Galicia combinaría todos los problemas expuestos en los escenarios 1 y 2, pero no se reflejarían de una forma tan intensa.
Cualquiera que sea el escenario, estas reflexiones permiten ver con claridad que el horizonte de la próxima generación es el de una sociedad muy distinta de la nuestra, con dificultades para mantener el estatus económico actual ante la presión de las economías emergentes y las exigencias del propio gasto social, y una sociedad también más vulnerable en lo que concierne a la continuidad de su cultura y tradiciones, por la mayor influencia de las tendencias foráneas. Una sociedad, en todo caso, donde la reducida presencia de ciudadanos oriundos será tan pequeña, ya sea en números absolutos (escenario 1) o relativos (escenario 2) que cabe cuestionar nuestra existencia como pueblo o nacionalidad. Galicia seguirá en el mapa, desde luego, pero como territorio fisico y no como identidad colectiva.

Un problema que no está entre las prioridades

Es bastante dudoso que hoy tengamos conciencia de nuestra situación. La debilidad extrema de los índices de fecundidad gallegos suele vincularse, desde el discurso clásico, al nivel de desarrollo económico, sin más, y según esta línea de pensamiento su solución pasaría por la implantación de nuevas infraestructuras de transporte y ocio que terminan por ser convertidas en panacea universal. Nada que ver, según esta tesis, con nuestros valores imperantes, con nuestro modo de vida. Y la incertidumbre futura que trae la baja natalidad de hoy se despacha con la indiferencia del que lo confía todo a la llegada de unos inmigrantes cuya proporción respecto a los “autóctonos”, su origen o su cualificación no se toma siquiera en consideración, ya que cualquier matiz o duda al respecto corre serio riesgo de ser tachado de xenófobo en este tiempo de la palabra políticamente correcta.
Lo cierto es que para muchos jóvenes de hoy, incluso de clase alta, el valor de la libertad individual está por encima de los factores económicos a la hora de decidir sus proyectos de vida en lo que concierne a tener o no hijos. Y más si el entorno, léase el mundo del trabajo, tampoco ayuda. Sin embargo, no se percibe una preocupación verdadera en los partidos políticos y las clases dirigentes, que últimamente han centrado su actuación en otros problemas de relación y convivencia sin duda importantes (paridad hombre-mujer, parejas homosexuales, etc.) pero no han situado entre las prioridades el declive de la natalidad. Y si así lo ven los líderes sociales, así le llega el mensaje a la opinión pública. Es más, cualquier advertencia en torno a este tema tiende a ser encasillada en la órbita eclesiástica.
Sin embargo, los 44.111 gallegos G-1975, y también a las demás generaciones, no pueden ignorar que las decisiones que tomen respecto a sus proyectos vitales, concretamente el tener o no hijos, no sólo repercuten en su espacio personal sino también en su propio futuro a largo plazo, si es que tienen cierta conciencia colectiva o del bien común.
La sociedad necesita un fuerte estímulo para que nazcan más niños, que son el verdadero futuro. Sin ellos no tendrán sentido trenes, aeropuertos o estatutos de autonomía. El problema en realidad no es político o económico sino que toca el ámbito privado del individuo, de manera que exige un gran respeto por todas las opciones personales y en ningún caso debería ser bandera exclusiva de un partido político, una ideología o un grupo social. Pero es un problema abordable en algunos de sus puntos débiles, como sería hacer más compatibles la paternidad/maternidad con las exigencias del mundo del trabajo o con nuestras crecientes expectativas de calidad de vida. Si aquí se ha cambiado la actitud ante el tabaco o la seguridad vial, ¿por qué no ante la natalidad?
Debemos reflexionar cómo queremos que sea el futuro de la siguiente generación, el mundo de los niños que nacen hoy.

No hay comentarios: